El día de la candelaria y también el año nuevo vio algunos fuegos iniciados por poetas. Sí, los poetas se tornan piromaniacos en un rito de despojo con el que todavía no me identifico mucho. Imagínense un prolífico escritor que admite con un sólo tomo de poemas en las manos, “todo lo demás lo quemé”. Otra que me escribe, “Hace dos noches, en la candelaria, quemé la poesía inservible del año pasado en una gran fogata…” . Tengo otra amiga que escribe sin saberse escritora que los bota a la basura, porque no tiene espacio. Yo atosigo mi espacio de poemas, libros de poemas, cartapacios de poemas, cuadros de poemas y donde crees que no hay nada allí habrán pensamientos de poemas.
Hasta hace poco guardaba los manuscritos sueltos de mi primer libro, esos papelitos ajados y vergonzosos con su grafía espiritista que poca gente ve. Boté algunos porque no me decían nada adicional de mi proceso creativo. En esa misma gaveta también guardo una carpeta de tres argollas donde tengo, bien protegiditos con cubiertas de vinil, mis peores poemas de esa misma época. Algunas personas pensarán que los debo botar, quemar o peor aún jamás volverlos a mirar pero difiero.
Mi rito es otro. Prefiero tenerlos allí y que su lectura sea el prefacio a cualquier ejercicio de edición personal. Esos poema malos son los poemas llenos de gerundios y clichés que jamás muestro, son patéticos esfuerzos de lenguaje que repugnan, son la poeta que no soy. Algunos son tripas que se creen estrofas y cuando se leen saben a bilis y sal. Me gusta decirlo así y me place, con morbo, releerme y decirme en voz alta y segura “Que gran mierda fuiste capaz de escribir”. No quemo porque pienso que hasta la poesía mala tiene su función: mostrarnos los caminos de los que nos podemos apartar.