LOS FUNDAMENTALISTAS SON PERSONAS COMO USTED

Autora invitada: ÁNGELA I. FIGUEROA SORRENTINI*

Pregunta la Sra. Gloria Grifo de Rodríguez en La Prensa  (Panamá) del 13 de junio ¿quiénes son los fundamentalistas? Respondo: son personas como usted.

Los fundamentalistas (en el masculino de preferencia de la señora) son personas que creen poseer la Verdad, así con mayúscula: Verdad única, absoluta, universal, inmutable, Verdad que no admite matices y, mucho menos, espacio para divergir. Como dueños absolutos de la Verdad, los fundamentalistas reclaman el derecho de imponerle sus ideas, creencias y valores al resto de la sociedad. Quieren obligar a todo ser humano, sin excepción, a vivir de acuerdo con las ideas que ellos profesan, no importa cuán absurdas, irracionales, supersticiosas, ignorantes, aberrantes o, simplemente, irrelevantes estas ideas les puedan parecer a algunas, bastantes, muchas, o a todas las personas, a quienes tratan de imponérselas.

Como no tienen el poder para ejercer el control al cual aspiran, exigen que el Estado se convierta en su brazo ejecutor: que este apruebe las leyes y políticas públicas que nos obliguen a vivir, no de acuerdo al libre albedrío ni a los principios, creencias y valores de cada cual, sino a los de ellos. Exigen, de igual modo, que el Estado rechace cualquier iniciativa que no se ajuste a sus creencias, sin importar el costo a la vida, la salud, la libertad y los derechos de la ciudadanía ni importar cómo nos sumergen en el subdesarrollo intelectual.

Los fundamentalistas se sienten dueños de la Verdad porque aducen que esa Verdad les fue revelada por Dios. Claro está, la Verdad cambia según el Dios del cual se trate, lo cual plantea un problema lógico en el cual se empantanan los fundamentalismos, lo que resultaría hasta cómico, de no ser por la seriedad conque los fundamentalistas se toman la cuestión de las revelaciones y su misión de soldados.

Señora Grifo: usted cree, por fe, que existe una ley natural y una naturaleza humana creada por un ser sobrenatural. Usted está en todo su derecho a creer esto por disparatado que nos parezca y aunque no haya un ápice de evidencia a su favor y mucha en contra. El sistema democrático, no Dios o alguna iglesia, le otorga a usted ese derecho. Y el Estado, manteniéndose al margen de los supuestos designios de Dios y de los, nada supuestos, anhelos de poder de las jerarquías religiosas, está llamado a salvaguardar ese derecho.

En adición y, contrario a la postura asumida por la jerarquía de su propia iglesia (Humani Generis, Pío XII, 1950 y La verdad no puede contradecir la verdad, Juan Pablo II, 1996) de aceptar la evolución como un hecho, usted, como los creyentes de la Edad Media, toma como Santa Verdad la rendición de los orígenes que expresa el poema de la creación en Génesis (una pieza literaria que ni siquiera es original de los hebreos) y, encima, le agrega (licencia poética, supongo) que Dios diseñó anatómicamente el cuerpo del varón y de la hembra para la relación heterosexual (quizás fue un lapsus y estaba usted pensando en el Cóncavo y Convexo de Roberto Carlos y lo confundió con Dios).

Debería usted entonces, por ser lo racional, proteger un sistema que le permite profesar semejantes pavadas. Mire si es buena la democracia que sus principios de libertad de expresión y de culto le permiten a cualquiera:

  • Poner en boca de Dios lo que le venga en gana.
  • Alegar que un compendio de libritos, escritos a lo largo de más de mil años por decenas a cientos de escritores, todos hombres, en tres idiomas distintos y plagados, de principio a fin, de inconsistencias, contradicciones internas y errores garrafales, es la palabra de Dios, un ser que, afirman los creyentes, es perfecto, omnisapiente y sin error.
  • Denigrar a los homosexuales, a pesar de que la referencia más extensa en toda la Biblia al amor entre hombres es la historia del gran amor entre David y Jonatán que atraviesa Samuel I y concluye con la exclamación de David a la muerte de Jonatán (Angustia tengo por ti, hermano mío Jonatán, que me fuiste muy dulce. Más maravilloso me fue tu amor que el amor de las mujeres. 2Samuel, 1:26, Reina Valera)

Todo lo anterior, y mucho más, se les permite sin que se les pueda denunciar por falsa representación, calumnia, injuria o varios otros delitos de los cuales cabría acusarles de no estar un Dios de por medio. Y es ese sistema que la protege, el que usted pretende destruir al exigir que el Estado renuncie a su rol de garante de los derechos humanos de todas y todos para convertirse en ejecutor de sus creencias religiosas. Es usted decididamente fundamentalista, aunque no le guste como suena.

Si son o no las creencias de la mayoría no es el tema, por varias razones. La verdad no se establece por votación (si así fuera la tierra sería plana y estaría en el centro del universo). Por otro lado, la democracia sin respeto a los derechos de las minorías no es democracia sino tiranía de las mayorías. Además, no se confunda, hay una gran cantidad de fieles que ven con horror el que el Estado asuma posturas religiosas (como la reciente aprobación en la Asamblea del Mes de las Sagradas Escrituras) porque entienden la fe como una decisión personal, no una imposición del Estado.

¿Se da cuenta, señora, que con el triunfo de los fundamentalismos muere la democracia y, con ella, su derecho a culto y a la expresión?

Por último, no se trata de ataques a los fieles de la Iglesia Católica o de iglesia alguna. Una cosa son las jerarquías de estas instituciones antidemocráticas- esos grupitos con poder que toman las grandes decisiones- y otra las y los fieles. Por si acaso no le queda clara la diferencia: usted es una fiel y, como fiel, sigue y obedece los designios de la jerarquía, instancia a la que nunca le permitirán acceder porque nació mujer.

*Socióloga, Especialista en Género.
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